Aquí un intento de ofrecer un panorama general que dé a conocer una mirada sobre lo mejor logrado del teatro dominicano que hemos visto en 2019, un año extraño, según mi punto de vista.
Evidentemente y por juicios obvios no están en esta lista todas las que deberían estar, ya que no se puede ver todo lo que se presenta en el año. Pero, considero que he elegido las más logradas, y las que merecen la gloria de figurar en esta antología.
Por razones indicadas brevemente el orden es secundario y no expresan preferencias. Aquí les dejo el listado de las obras que por uno o varios motivos me hicieron seguir creyendo en el lenguaje extraordinario de la teatralidad.
1. Eulogio Badía. Creación, dirección e interpretación de Donis Taveras. Probablemente si Taveras fuera un creador del montón, o incluso un poquito más, estaría ahora sumido en el más espeso ostracismo, pero es un auténtico genio de teatro superando una visión ramplona del realismo. Su pieza tiene la grandeza, el ritmo, la construcción de sentido, la poesía, la perfección formal de un maestro.
2. Sin zapatos no hay paraíso (título original: Dos perdidos en una noche sucia) de Plinio Marcos. Dirección: Pepe Sierra. Bautizada con un título impuesto para nada atractivo. Pero al ver la fenomenal puesta en escena se te olvida el título y te centras en su propia historia desde que comienza, que es el material del que se construye las situaciones y tensiones de esta obra, la cual alcanza el equilibrio perfecto entre lo espontáneo y lo preciso, entre el fluir de la vida.
3. Correr para volar, de Teatro Utopía (Santiago de los Caballeros). Dirección: Francisco Noulibos. La puesta en escena de Noulibos es muy rica y atractiva porque todos estos temas de mujeres se entrelazan, se cruzan y reaparecen bajo distintas formas, a través de un pequeño detalle o una alusión cuando pasan a primer término. Su director ha conseguido una unidad y coherencia interna, a pesar de la multiplicidad y complejidad oculta.
4. El ingrediente secreto, de Eduardo Viladés. El director/productor Ramón Santana sabe cómo contar una historia con gancho y hacerla atractiva en sus diálogos irónicos. Sorprendente está Georgina Duluc.
5. Círculo violeta, de Isen Ravelo. Es una obra generadora de constante reflexión. El teatro dominicano ha ganado con obras como esta, se transciende así mismo y adquiere categoría de carácter preventivo y de denuncia. En consecuencia, bueno será concluir recordando que el Círculo violeta nunca se cierra, queda abierto, es pertinente que más de esta dramaturgia se siga escribiendo, por el coraje con que afronta un tema sociocultural de tan ardua y acuciante actualidad, y por el vigor con que su escritor/director ha sabido reflejar una realidad. Si hay que preocuparse para que esto no siga sucediendo en Dominicana y ninguna otra parte del mundo.
6. El cepillo de dientes, de Jorge Díaz. En resumen, una puesta más que aceptable con momentos de alta calidad en lo que su director vuelve a dar una soberbia lección de dirección, con un texto adorable.
7. A la espera de Elizabeth Ovalle. La directora y dramaturga ha repetido en su escritura hasta la saciedad que el problema que más le apasiona en toda su dramaturgia es el de la lucha entre la libertad verdadera y la libertad aparente. Hasta ahora nuestra creadora ha salido airosa de las confrontaciones gracias a su calidad, su rigor y su honradez dramatúrgica. Es merecedora del Premio Nacional de Dramaturgia.














