La violencia económica puede manifestarse de formas tan sutiles que, muchas veces, no se perciben como actos de control o abuso. Comentarios como “tienes que dejar de trabajar”, el aislamiento de las decisiones sobre la administración del dinero del hogar o el impedimento para acceder a cuentas bancarias son ejemplos de prácticas normalizadas que perpetúan la dependencia económica y menoscaban la autoestima.

Según ONU Mujeres, la violencia económica consiste en “lograr o intentar conseguir la dependencia financiera de otra persona, manteniendo para ello un control total sobre sus recursos financieros, impidiéndole acceder a ellos y prohibiéndole trabajar o asistir a la escuela”.