Una familia de compuestos químicos, macabramente descritos como “contaminantes eternos” por lo mucho que perduran en el medioambiente después de desecharse los productos de los que forman parte, es objeto de creciente preocupación. Esta familia es la de las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS, por sus siglas en inglés). Bastantes de ellas vienen utilizándose desde hace muchas décadas en productos de muy variadas clases, como por ejemplo champús, impermeables, utensilios de cocina antiadherentes, maquillajes resistentes al agua, repelentes de manchas, espumas contra incendios, aparatos electrónicos y envases de alimentos, por citar algunos. Las PFAS contienen un enlace entre átomos de carbono y flúor que bajo las condiciones ambientales más habituales del medio natural de la Tierra no puede romperse.

Cuando estas sustancias químicas se filtran al medioambiente como consecuencia de la fabricación de los productos que los incluyen en su composición, o de su abandono como parte de desechos o incluso de su mero uso cotidiano, pasan a formar parte del ciclo del agua de la Tierra. En las últimas décadas, las PFAS han contaminado prácticamente toda el agua del planeta, y su fuerte enlace entre carbono y flúor les permite transitar por la mayoría de los sistemas de tratamiento del agua sin sufrir daño alguno. Pueden acumularse en los tejidos de las personas y los animales a lo largo del tiempo.