‘Bienvenido a Santo Domingo Este’ es el letrero que leo al cruzar en auto por el puente flotante desde el Distrito Nacional. ‘A nuestra izquierda está el aproche del viejo puente que llamaban Pajarito’, me dice mi hijo Alexis. Se conserva bajo un extremo del puente Duarte. Doblamos a la derecha. Junto a la ribera oriental del Ozama está el restaurante La Marina. Tiene montadas muchas mesas al exterior. En el río hay ancladas varias pequeñas embarcaciones. Proseguimos. A la izquierda, la Base Naval. Me pregunto cuándo van a trasladarla a Boca Chica. A unos metros, la Academia Naval. Luego, a la derecha, aunque no a ojos vista, el Club para Oficiales de la Armada con una playa pequeña. A corta distancia empieza el malecón recién inaugurado junto al mar. ‘Va a tener una pista de skateboard’, comenta mi hijo. Ante mis ojos se suceden pequeños edificios en cemento (los cuartos de baño), la oficina de la Policía Turística, caminos y explanadas. Nos detenemos frente a un área de picnic con mesas y bancos de concreto bajo pérgolas que apenas dan algo de sombra hacia uno que otro lado. Nos acercamos al acuario. Está en remodelación, igual que el viejo malecón.