Así como hace unos meses algunos viajeros fueron sorprendidos en Barcelona por ataques con pistolas de agua lanzados por habitantes hartos del turismo masivo, hace unos días ocurrió algo parecido en la emblemática Piazza Campo de’ Fiori, en Roma. A metros de la famosa estatua de Giordano Bruno -filósofo y monje “hereje” quemado vivo por la Inquisición el 17 de febrero de 1600-, elegantes señoras aparecieron golpeando con estridencia cacerolas y tocando silbatos entre azorados turistas sentados en los restaurantes que se asoman a la famosa plaza del centro histórico de la ciudad eterna.

“¡Basta, no se aguanta más!”, explicaron entre los golpes de cacerola las mujeres, que fueron parte de una primera protesta que el lunes pasado organizó “La Red de Asociaciones para una Ciudad Vivible”, colectivo formado por unos veinte grupos de vecinos del centro que decidieron movilizarse para expresar su creciente malestar ante el fenómeno del hiper-turismo u “over tourism” que transformó sus vidas en un infierno. La protesta fue la primera de una serie que está programada en diversos barrios con un sólo objetivo: que “los ciudadanos volvamos a adueñarnos” de Roma, según dicen.