A lo largo de cinco meses, Israel ha matado a miles de milicianos de Hamás, destruido decenas de sus túneles y causado estragos sin precedentes en la Franja de Gaza.

Pero enfrenta un dilema que estaba claro desde el inicio de la guerra y determinará finalmente su desenlace: puede tratar de aniquilar a Hamás, lo que significaría casi seguramente la muerte del centenar de rehenes aún retenidos en Gaza, o puede aceptar un acuerdo que permitiría a los milicianos declarar una victoria histórica.

Cualquiera de los dos desenlaces sería insoportable para los israelíes. Cualquiera de los dos significaría un fin ignominioso para la extensa carrera política del primer ministro Benjamin Netanyahu. Y cualquiera podría parecer aceptable para Hamás, que valora el martirio.

Netanyahu niega, al menos en público, que exista tal dilema. Ha jurado destruir a Hamás y salvar a todos los rehenes, sea mediante misiones de