Cuando hablamos de migración, solemos pensar en números: cuántas personas salen de un país, cuántas entran, cuántas se están trasladando de un lugar a otro. Al concentrarnos en las cifras, perdemos de vista lo esencial: detrás de esos números hay seres humanos con sueños, capacidades, desafíos y necesidades, que muchas veces se ven forzados a dejarlo todo en sus países de origen en busca de seguridad y un futuro mejor para sus familias.

Las personas que se movilizan con ese impulso desesperado, con frecuencia se encuentran en situaciones de gran vulnerabilidad. En sus países se enfrentan a violencia, pobreza extrema y falta de oportunidades laborales, y muchas veces no tienen acceso a servicios y derechos básicos, como salud, alimentos suficientes o educación. En esas circunstancias, las vías regulares para migrar suelen ser limitadas, costosas o exigen trámites largos y complejos que no corresponden con la urgencia de su realidad.

Ante estas barreras, recurren a rutas informales, aún sabiendo que el camino es riesgoso e incierto. Durante el tránsito, su vulnerabilidad aumenta, al exponerse a nuevos tipos de violencia, trata de personas, robos o explotación.

A diferencia de los movimientos regulares, que se registran en aeropuertos, puertos o puntos de control fronterizo, la migración irregular se da fuera de los registros oficiales. Las personas atraviesan fronteras por rutas alternativas, se desplazan en la noche y evitan cualquier contacto institucional por temor a ser deportadas, detenidas o estigmatizadas. Esta realidad hace que medir la migración irregular sea un verdadero desafío.

Las cifras de migración irregular disponibles son siempre parciales, construidas a partir de fragmentos de información: reportes oficiales, estimaciones, encuestas comunitarias, testimonios de migrantes y herramientas como la Matriz de Seguimiento de Desplazamientos (DTM) de la OIM, una metodología a través de la cual se recopila y analiza datos sobre los movimientos, características y necesidades de las personas en tránsito.

Esto no significa que los datos sean irrelevantes; al contrario, al tratarse de personas especialmente vulnerables, son esenciales para entender su situación y las dinámicas de sus movimientos: quiénes son, a dónde se dirigen, qué buscan y, sobre todo, cuáles son sus necesidades. Solo así es posible planificar y poner en marcha acciones adecuadas para atenderlas. Pero es necesario reconocer que, en el caso de la migración irregular, tener “el número exacto” resulta extremadamente difícil.

En la medida en que la migración irregular no solo plantea un reto estadístico sino humano, la OIM, con el apoyo de la DTM, apoya a los Estados en el diseño de políticas públicas que promuevan una migración segura, ordenada y regular con base en lo que informan los números. Con operaciones activas en más de 80 países y un marco metodológico flexible y adaptado a cada contexto, la DTM se ha consolidado como una herramienta clave para transformar los datos en respuestas concretas que protejan derechos y fortalezcan la gobernanza migratoria.

Los principales desafíos para medir la migración irregular

Medir la migración irregular implica enfrentarse a varios retos. El primero es que se trata de un fenómeno invisible por naturaleza. Como se mencionó anteriormente, muchas personas evitan ser detectadas por miedo a sanciones, deportación o estigmatización. Esto provoca que sus movimientos queden fuera de los registros oficiales y que la información disponible resulte incompleta.

Otro desafío son las rutas que se utilizan para cruzar fronteras. La migración irregular se produce a través de pasos irregulares, en zonas remotas o caminos clandestinos donde no hay presencia estatal. Además, muchas fronteras en la región son extensas y porosas; es decir, tienen muchos puntos de entrada y salida, en los que el tránsito es constante y difícil de controlar, lo cual dificulta el conteo. En algunos de estos puntos, las personas que se trasladan de manera irregular se cruzan con aquellas que viven cerca de la frontera y cruzan para realizar compras, visitar familiares, estudiar o trabajan, pero luego regresan a su país. Estas dinámicas dificultan enormemente el rastreo y reducen la capacidad de los gobiernos para generar estadísticas confiables, ya que es difícil identificar quiénes están en tránsito de un país a otro y quiénes atraviesan de manera cotidiana por razones de trabajo, estudio o vínculos familiares.

A esto se suma la limitación de recursos. Varios países de la región carecen de la capacidad técnica o financiera para monitorear de manera integral sus fronteras, implementar sistemas de registro robustos o invertir en tecnología de seguimiento de flujos migratorios.

Finalmente, existe el problema de que no todos los países entienden lo mismo por “migración irregular”. Por ejemplo, en algunos casos, se considera irregular a quienes ingresan sin la documentación requerida; en otros, a quienes entraron con permiso pero permanecen más tiempo del permitido. Estas diferencias conceptuales dificultan hacer comparaciones regionales o globales y obstaculizan la construcción de una visión más precisa del fenómeno.

Lo que muestran las cifras en América Latina y el Caribe

En la última media década, el número de migrantes en América Latina y el Caribe, tanto en situación regular como irregular, creció de 14,3 millones en 2020 a 17,5 millones en 2024, lo que representa un aumento del 23% (UNDESA, 2024). De ese total, alrededor del 80% se movilizó dentro de la misma región, principalmente en Suramérica. Este aumento estuvo marcado, sobre todo, por el tránsito de venezolanos, que se sumaron a dinámicas históricas de movilidad entre países vecinos. A mayo de 2025, había cerca de 6,9 millones de personas migrantes y refugiadas venezolanas en la región (R4V, 2024).

En los últimos años, la migración irregular alcanzó niveles muy altos en Centroamérica, con un pico en 2023, cuando medio millón de personas cruzaron la selva del Darién de Colombia a Panamá. No obstante, entre 2024 y 2025 se registraron algunos de los flujos más bajos desde que se inició el monitoreo de los movimientos por esta ruta.

A diferencia de la tendencia habitual, entre noviembre de 2024 y agosto de 2025, se observó un cambio en la dirección de los movimientos: en lugar de avanzar hacia el norte, miles de personas comenzaron a movilizarse hacia el sur. En este periodo, Migración Panamá reportó que cerca de 17,200 personas se trasladaron en dirección norte–sur, de las cuales 54,5% eran hombres, 25,2% mujeres, 10,6% niños y 9,7% niñas (SNM, 2024).

Los análisis de la OIM a través de la DTM indican que este giro responde, de manera general, a factores como la falta de recursos para continuar hacia el norte, las dificultades para acceder a procesos de regularización en países de tránsito y la búsqueda de alternativas en destinos más cercanos. Estos hallazgos muestran que los movimientos no solo cambian en número, sino también en dirección y motivaciones.

Las personas que migran en situación irregular se exponen a riesgos significativos para su vida durante sus desplazamientos. Desde 2014 y hasta septiembre de 2025, el Proyecto Migrantes Desaparecidos (MMP, por sus siglas en inglés) ha registrado cerca de 11,200 personas migrantes desaparecidas en las Américas. En 2024 se alcanzaron cifras récord de vidas perdidas en tránsito: en el Caribe se documentaron 341 muertes, mientras que en el Darién se contabilizaron 173, las cifras más altas registradas en estas rutas desde que inició el monitoreo en 2014 (IOM MMP, 2025).

Lo que estas cifras demuestran es que América Latina y el Caribe es una región en movimiento. Los flujos diversos y cambiantes, que ponen en riesgo a millones de personas que viajan por rutas peligrosas, hablan de la necesidad de seguir monitoreando la situación y perfeccionando las metodologías, para contar con datos más exactos y comparables. Mejorar la calidad de la información no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para proteger derechos, orientar políticas públicas y ofrecer una visión más realista de la movilidad humana. Porque, al final, detrás de cada número hay una historia.