Una investigación reciente se ha centrado en cuán mortífero resultaría cada uno de los efectos de una guerra nuclear para la población humana afectada directa o indirectamente.
Después de tener en cuenta otros factores, el equipo internacional de Alan Robock y Lili Xia, ambos de la Universidad Rutgers en Estados Unidos, calculó la cantidad de materia que entraría en la atmósfera a raíz de las explosiones generadas en una guerra nuclear. Ese material levantado por las explosiones enturbiaría la atmósfera y reduciría la cantidad de luz solar que llegaría a la superficie, perjudicando a los vegetales consumidos por el ser humano o por animales de los que el ser humano puede alimentarse. Este oscurecimiento ecológicamente dañino se conoce como “invierno nuclear”. Los investigadores calcularon la dispersión de material en seis escenarios bélicos (cinco guerras menores entre contendientes como por ejemplo India y Pakistán y una gran guerra entre Estados Unidos y Rusia) en función del tamaño del arsenal nuclear de cada país.
Estos datos se introdujeron en el CESM (Community Earth System Model), una herramienta de previsión climática impulsada por el Centro Nacional de Investigación Atmosférica (NCAR) de Estados Unidos. El CLM (Community Land Model) del NCAR permitió estimar la productividad de los principales cultivos agrícolas (maíz, arroz, trigo y soja) país por país. Los investigadores también examinaron los cambios previstos en los pastos para el ganado y en la pesca marina mundial.
Incluso en el escenario nuclear más pequeño, una guerra entre India y Pakistán, la producción calórica media mundial disminuyó un 7% en los cinco años siguientes al conflicto. En el escenario bélico de mayor envergadura, un conflicto nuclear a gran escala entre Estados Unidos y Rusia, la producción calórica media mundial disminuyó en un 90% entre tres y cuatro años después de los combates.














