Haciendo honor a su nacionalidad, la comedia feel-good francesa sigue siendo esa aldea gala ante el dominio total de los blockbusters estadounidenses o el cine minoritario de arte y ensayo. Con una mirada más comercial que no impide disfrutar de una propuesta inteligente y bien construida, como las realizadas por Alexandra Leclère, quien estrena ‘Mis queridísimos hijos’, que, con atino, retrata una realidad muy incómoda relacionada con el tratos los hijos a los padres cuando vuelan del nido y cómo, en muchos casos, terminan moviéndose por el interés, reflejando un fastidioso de las relaciones familiares.
Mis queridísimos hijos
La película plantea una pregunta que muestra cómo, ante una situación excepcional, el ser humano reacciona de manera inesperada: ¿qué pasaría si les toca la lotería a unos padres ya jubilados cuyos hijos los visitan de Pascuas a Ramos? Leclère plantea esa cuestión desde un caso hipotético, pues sus protagonistas, dos formidables Josiane Balasko y Didier Bourdon (habituales de su filmografía), fingen haber ganado la lotería para ver si consiguen que sus vástagos vuelvan a casa por Navidad. Una situación que da pie una serie de momentos cómicos a la par que incómodos, que muestran el peor rostro de las relaciones familiares.
Leclère consigue dosificar los momentos de ‘mala leche’ para dejar espacio a una comedia ligera que, ante todo, busca entretener. El resultado es un equilibrado ejercicio feel-good, en el que se muestra el lado más narcisista y egoísta de los descendientes, los que solo se acuerdan de sus familiares cuando sienten la palabra ‘herencia’. Es interesante cómo la cineasta, quien firma el guion, no ha dudado es sacar su lado más ‘destroyer’ en el retrato de los vástagos ingratos. Por otro lado, evita convertir en pobres víctimas a los progenitores, gracias a un tándem de actores magníficos, que logran crear una farsa divertida, en la que es imposible no sentir cierto placer malicioso por la mala fortuna de los hijos.














