Es habitual asociar la figura de Walt Disney, junto con personalidades como Steve Jobs o Bill Gates, con el emprendimiento, con ese férreo afán de salir adelante, de triunfar cueste lo que cueste, de obsesionarse con el trabajo y sacrificar tu existencia misma si es necesario; de alguna forma, ayudó a cimentar esta visión idealizada (y equívoca) del «entrepreneur» que tanto imitador descarriado y neoliberal le ha surgido. Pero no es ningún secreto que Disney tuvo piedras en el camino. Provino de un origen humilde, rozó la bancarrota en varias ocasiones y se la pegó en otras tantas, generalmente, claro, cuando se desvió de las películas animadas. Daba igual que Disney revolucionase para siempre la industria de la animación, que produjese la primera cinta animada a color y con sonido, ‘Blancanieves y los siete enanitos’, o que se alzase con 22 Óscar a lo largo de su carrera: la industria no le tomaría en serio si no triunfaba con una película de imagen real.

La pugna (cansina, elitista, fútil) entre cine de animación y cine de imagen real lleva dándose casi desde que el cine es cine. La Academia tardó un siglo en otorgarle una categoría propia al cine de animación, que se saldó con la victoria de ‘Shrek’ (y la de Dreamworks contra Disney, por cierto). Las malas lenguas dicen que fue porque la animación le estaba comiendo el terreno, hasta el punto de que una de las piedras angulares del Renacimiento de Disney, ‘La bella y la bestia’, logró colarse en la categoría de Mejor película. La solución era sencilla: con una categoría exclusiva de animación no había riesgo de que le arrebatase el premio gordo al dramón real, al de personas de carne y hueso, al serio de verdad. De esta manera, se relegaba a las películas animadas a una categoría sobre la que se pasa de puntillas, y ni siquiera cabe esperar una mísera nominación a Mejor película (con contadas excepciones, como la de ‘Toy Story 3’ en 2011 que, por supuesto, no se la llevó).