En nuestra vida cotidiana, los humanos no necesitamos mucha información sobre un objeto para saber cómo cogerlo, y ello se debe en buena parte a que ya obtenemos toda la información necesaria tan pronto como nuestra mano comienza a interactuar con el objeto. En esa frontera entre la mano y el objeto, el modo en que se hunde la piel al presionar sobre la superficie del objeto, y muchos otros cambios temporales sutiles que se producen, le brindan a nuestro cerebro toda la información necesaria para manejar el objeto.

 

Dotar de esta misma capacidad a un robot no es fácil, sobre todo si la superficie de sus manos es rígida.

 

A fin de lograr una mano robótica humanoide que manipule objetos con la misma facilidad con que lo hace la mano humana, Kai Junge y Josie Hughes, ambos de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL) en Suiza, han recurrido a un diseño cuya “piel” incluye áreas que temporalmente se hunden, doblan y/o deforman de otros modos.