Por primera vez apareció en Colombia un parásito de malaria con una mutación que lo hace resistente a la principal cura contra la enfermedad. Hay preocupación entre investigadores pues las migraciones, la minería ilegal y el Fenómeno del Niño podrían desencadenar una crisis.

Las pruebas rápidas han significado un importante avance en la lucha contra la malaria. Óscar Pérez – El Espectador

En la mañana del sábado 24 de noviembre de 2018, Yorman Angulo Hurtado convulsionó. Llevaba dos días sudando por una fiebre que pasaba de los 38 grados. Con apenas dos años, esa era la tercera vez que sufría malaria. Por eso, su diagnóstico no alarmó a nadie en la casa de madera al borde de la carretera entre Cali y Buenaventura, que comparte con 26 personas. Toda la familia, desde el par de abuelos hasta los hijos de los hijos, han sufrido de malaria. Para ellos, la infección es tan común como una gripa. La solución, como en un resfriado, era sencilla: tomar artemisinina y esperar a que pasaran los sudores, el desánimo, los escalofríos y las náuseas. (Lea Un mundo más caliente, el paraíso de los mosquitos)

El problema fue que esta vez, después de recibir el diagnóstico, Aura Vergara, la promotora de salud de la vereda, no volvió a aparecer con las dosis de artemisinina. Mélida Hurtado, la mamá de Yorman, fue varias veces hasta el puesto de salud de La Delfina, una casita destartalada con tres sillas Rimax, un escritorio de madera comido por el jején y varios carteles del Ministerio de Salud, desteñidos por la humedad. Nunca la encontró. (Lea Venezuela, la dictadura de la malaria)

A principios de los ochenta, nueve de cada 100.000 colombianos morían por malaria. Hoy, menos de uno en cada 100.000 fallece.

En casa, la fiebre de Yorman Angulo no cedía. Para ese momento, los parásitos que producen la malaria, Plasmodium, ya habían abandonado su hígado, y habían invadido los glóbulos rojos. Los parásitos se refugian allí, se reproducen sin control hasta que, como un globo al que no le cabe más aire, los hacen estallar y el resultado de esa microexplosión son miles de nuevos parásitos en el torrente sanguíneo listos para invadir más glóbulos rojos que, a las 48 horas, explotan de nuevo. Los cuerpos presa de la malaria suben por grados la temperatura para defenderse. En la mañana del sábado, Yorman estaba tan caliente que se desencadenaron las convulsiones.  (Lea La importancia de investigar sobre malaria)

Mélida Hurtado cargaba el cuerpo tieso e inconsciente de su hijo hacia la moto de uno de sus hermanos cuando su esposo llegó con los medicamentos en la mano. Pero ya era demasiado tarde. Se montaron en la moto y, durante 40 minutos, manejaron hasta Dagua, un pueblo vecino con un hospital medianamente equipado. Con el viento en la cara, Mélida rezó para que no se lo llevaran. En Dagua, Yorman tenía 38,5º de fiebre. “Eso fue el viento de la moto que me lo refrescó. Si no fuera por eso… no sé qué habría pasado”, dice la mujer.

En Dagua recibió el medicamento, proveniente de la medicina tradicional china: la artemisinina. Apenas entra al torrente sanguíneo, entorpece más de 100 procesos celulares del parásito que causa la malaria. Lo destruye bloqueando sus funciones vitales. Así, en cuestión de horas, la fiebre bajó, Yorman volvió en sí. 48 horas más tarde, la artemisinina había reducido hasta cuatro veces la cantidad de parásitos que estaban destruyendo las células sanguíneas del niño.

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Una semana más tarde, cuando nos conocimos, Yorman Angulo corría con sus primas por los pasillos oscuros de la casa de madera que sus familiares han construido con la plata que les queda como mineros en los socavones ilegales de las minas de los corregimientos de Córdoba y La Delfina. Los voluntarios y biólogos del Centro de Investigaciones Caucaseco interrogaron a su mamá sobre el episodio mientras le tomaban muestras de sangre a los 28 habitantes de la casa. La malaria parece un fantasma. De otra manera no habría atormentado a los humanos siglo tras siglo.