Entre expectativas infladas, franquicias ordeñadas hasta que ya no dan ni leche en polvo y productos pensados más para satisfacer a un algoritmo, la cartelera y las plataformas han ido acumulando títulos que generan más cansancio que entusiasmo. No siempre hablamos de desastres históricos ni de naufragios taquilleros: a veces basta con esa sensación incómoda de estar viendo una película que, en el mejor de los casos, entra regular por los ojos y, en el peor, se instala cómodamente en la más absoluta indiferencia.