Cuando, hace miles de años, el perro comenzó a ser domesticado por el Ser Humano, probablemente se escogía a los animales más fáciles de controlar por sus dueños (más obedientes a su amo y también menos agresivos con este). Y así sucesivamente en cada ciclo, logrando de este modo ejercer un cierto efecto de evolución dirigida en los perros, que promovía a los más controlables por los dueños y marginaba a los más desobedientes. Si las cosas ocurrieron de este modo, entonces en este rasgo debería existir una diferencia considerable entre el perro doméstico y su pariente evolutivo salvaje más cercano hoy en día, el lobo. Unos científicos se propusieron averiguar si esto es así.
A fin de comprobar si existe esa diferencia, el equipo de Dorottya Ujfalussy y Eniko Kubinyi, de la Universidad Eötvös Loránd en Hungría, evaluó el desarrollo de la obediencia en lobos criados por humanos y en perros criados del mismo modo.
Un aspecto importante del enfoque de este estudio es que perros y lobos se compararon a edades tempranas, por lo que toda diferencia o similitud no podía haber sido modificada por los procesos de desarrollo con la misma intensidad que en los individuos adultos.
El grado de obediencia y facilidad de trato se comprobó a través de varias situaciones, incluyendo llamar al animal para que viniera, ordenar al animal sentarse, sacarlo a pasear con bozal y cepillarle el pelo.
Ujfalussy y sus colegas han constatado que, a pesar de la intensa socialización, los lobos seguían siendo menos manejables que los perros. Los lobos intensamente socializados acudían a las llamadas, se sentaban a petición y consentían caminar con bozal, pero en muchas otras situaciones seguían siendo menos manejables y menos controlables que los perros, especialmente en contextos que implicaban el acceso a un recurso (por ejemplo, a comida).














