SAN CRISTÓBAL.–  El otro día conversaba con una vieja amiga que me expresó que no iba al cementerio, porque la deprimía, y porque, además, estaba segura que el familiar que llevó al camposanto hace varios años está en buen lugar «allá arriba», «asegurado.»

Y que aquí en la tierra sólo quedaban despojos materiales guardados.

Le contesté que yo siempre iba a visitar a mis viejos porque sentía el deber y la necesidad de hacerles el homenaje del recuerdo agradecido en mi corazón grabado.

La visita al cementerio no es para adorar cenizas ni huesos. Es para reencontrarse con el amor infinito de una madre o con el severo afecto de un padre. Es para decirles que se fueron a destiempo, en un momento poco adecuado.

Pues todavía necesitábamos de ellos su presencia física, sus orientaciones, su amor y sus consejos ajustados y muy acertados.

Además que ellos permanecen en nuestra memoria grabados,
Y con la tinta indeleble de los recuerdos muy conservados.

Que hubiéramos querido por siempre tenerlos a nuestro lado.
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Pero es un mandato de vida, es una orden que el Supremo Hacedor ha dado.

No obstante nuestra visita hoy es para revivir esas vidas que fueron plenas, que enseñaron valores y modelaron conductas; que lo entregaron todo por la familia, por la Patria, para el futuro, presente y pasado.

Que ya viejos, insistían en hacernos mejores, o que apenas comenzando a vivir nos daban razones para enfrentar el porvenir con la fuerza de la esperanza y el optimismo muy dentro preservado.

Cuando veo a la viuda de muchos años llevar todavía flores al esposo que rindió su homenaje a la vida hace mucho tiempo, ¡cómo no comprender la fuerza del amor! A pesar del tiempo trillado.

Cuando la ancianita acude a visitar al hijo que se fue, ¡cómo no admitir que hay algo en el ser humano que supera las distancias siderales y que pervive por los siglos de los siglos, en nosotros forjados.

El día de los difuntos es una hermosa lección de fidelidad y de amor, a todos los seres recordados y amados.

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Enmendado por BURIBE.