Fue en el pasado mes de diciembre cuando se le solicitó a Liondy Ozoria contar su historia. ¿El motivo? Pensar que detrás del humor que hace con su inseparable Ñeñeco, podía haber mucho qué decir. Por diversas razones, no se había vuelto a establecer el contacto. Retomada la petición, él no dudó en aceptar. El martes a las 10:00 de la mañana estuvo puntual en LISTÍN DIARIO para atender a su cita.

Todos lo miraban y saludaban con afecto, claro, no sin antes preguntarle por su eterno compañero. Es un hombre decente, nada que ver con la “vergüenza” que a veces le hace pasar Ñeñeco en escena. Ya listo para la conversación, se acomoda, y poco tardó en hablar de sus hazañas para hacer reír a la gente de aquí y de otros países. Y, como en la vida no todo es color de rosa, también habló sobre el tema que toca sus fibras más débiles. Desde hace cuatro años, en su historia se ha escrito un capítulo para nada chistoso: el diagnóstico de la condición de autismo de su hijo menor, Said. El tema lo conmueve, y lo hace pasar de la risa al llanto. “No te puedes imaginar cómo se te transforma la vida cuando recibes esa noticia”. Se quiebra y no tardan las lágrimas en responder qué lo hace llorar.

Se toma su tiempo para reponerse. La servilleta que Juan Luis le había puesto debajo del vaso con agua se convirtió en su pañuelo. En ese momento, el café que se estaba tomando con tanto gusto perdió su encanto, y el llanto tomaba las riendas de la entrevista. “Yo quisiera entrar en ese mundo donde vive mi hijo y quedarme con él ahí. Él es feliz en ese mundo”. Su voz quebrada lo interrumpía. No se tornaba fácil seguir el tema, pero se armó de valor y continuó: “Es una tristeza grande, inmensa. Uno quisiera durar para siempre, porque sólo nosotros lo conocemos, lo entendemos, y es triste pensar en que tú puedas faltarle algún día. De verdad, que uno quisiera irse después de él”. Sus lágrimas son contagiosas y es inevitable ponerse en sus zapatos.