Deja contarte la historia de un inversionista ficticio al que llamaremos George, quien se desempeñaba como ‘trader’ de criptomonedas. Desde que inició en el negocio había escuchado que “si quería ser más exitoso que los demás, debía hacer lo que los demás no hacen”.

Así, pues, empezó a estudiar más, dormir menos, comer sin una dieta balanceada y aislarse de su círculo de amigos pasando largas jornadas frente a la computadora.

Como consecuencia, la ansiedad se hizo presente, afectando su atención y toma de decisiones. Abría posiciones considerables sin investigar adecuadamente, movido por un impulso de optimismo irracional. En otras ocasiones, a pesar de las señales de alerta, no cerraba las posiciones a tiempo, creyendo que los precios seguirían subiendo. En resumen, cada día veía cómo su malestar emocional aumentaba, mientras su rentabilidad disminuía.

Ni tonto ni perezoso, George empezó a leer libros de inteligencia emocional, entrenamiento mental y psicología para ‘traders’. Teóricamente sabía qué ocurría con él, pero ni los libros ni las respuestas de Google eran suficientes para calmar su ansiedad; y es que, cuando hay miedo, la razón se apaga.