En algunos puntos del mundo, como por ejemplo en zonas boscosas del noroeste de Pensilvania en Estados Unidos, hay cientos de miles de pozos de petróleo y gas abandonados, cuya antigüedad se remonta en algunos casos hasta mediados del siglo XIX, mucho antes de que comenzaran a aplicarse los estándares de construcción modernos y de que entrasen en vigor las leyes hoy vigentes que regulan la construcción y gestión de explotaciones petrolíferas y gasísticas.
A menudo dejados destapados, estos pozos han estado expuestos al aire y a otros agentes erosivos y ello ha provocado que sus paredes se hayan corroído y estén deshaciéndose, filtrando sustancias químicas nocivas a la atmósfera y a las aguas subterráneas. Así lo revela un nuevo estudio.
La investigación la ha realizado un equipo integrado, entre otros, por Samuel Shaheen y Susan L. Brantley, de la Universidad Estatal de Pensilvania en Estados Unidos.
Los autores del estudio inspeccionaron 18 pozos abandonados en el bosque nacional de Allegheny y sus alrededores y descubrieron que filtran metano no solo a la atmósfera, sino también a las aguas subterráneas adyacentes. Algunas de las aguas subterráneas de estos sitios también presentan altas concentraciones de hierro y arsénico disueltos. Utilizando un modelo geoquímico computacional, el equipo descubrió que el metano, un potente gas de efecto invernadero que atrapa más calor que el dióxido de carbono, interactúa con las rocas cercanas a los pozos, liberando de ellas metales que acaban pasando al agua subterránea.














