“De tal palo, tal astilla” es una frase que describe cuando un hijo sigue el sendero de su padre, pero en el caso de Héctor Rodríguez y su progenitor, la astilla no solo heredó, sino que perfeccionó el camino.
Ambos comparten el mismo nombre, pero Héctor Rodríguez, padre, sin saber que su hijo seguiría sus pasos, le dio más que una identidad al nacer: le entregó, como una profecía, su propia pasión.
En cada letra del nombre que comparten, incluyó también el deseo de que el béisbol no solo fuera un oficio, sino un sueño compartido.
Veinte años después, el hijo no solo honra el legado de su padre, sino que lo usa como motor para perseguir una meta más importante: llegar a las Grandes Ligas y mejorar la precaria situación económica de la familia.














