Vestidos de blanco y negro, los adolescentes enfurecidos se apretujaban para ingresar a una calle estrecha de la capital haitiana.

Se detuvieron frente a un cementerio y alzaron un ataúd sobre sus hombros, algunos con lágrimas en el rostro.

“¡Viv Ansanm manje li!”, coreaban en criollo haitiano mientras caminaban de un lado a otro, el féretro balancéandose suavemente con su amigo de 16 años en el interior.

Su cántico acusaba a una agrupación de pandillas llamada Vivir Juntos de asesinar a Jhon-Roselet Joseph. Fue alcanzado por una bala perdida este mes en su comunidad de Solino, la cual ha sido atacada repetidamente por hombres armados.

En un país donde los rituales funerarios son sagrados y se venera a los muertos, cada día es más difícil hallar consuelo por la muerte de seres queridos asesinados por