El Festival de la Canción de Eurovisión de 2026 en Viena ni siquiera ha comenzado, pero lleva meses en el centro de acalorados debates. La cuestión no reside tanto en los espectáculos pop en sí mismos, sino en las tensiones políticas que resultan cada vez más difíciles de ignorar, a pesar de la histórica postura apolítica del certamen.

La última vez que la capital austríaca acogió el evento fue en 2015. Este año, y con motivo de su 70 aniversario, el concurso regresa entre el 12 y el 16 de mayo a una ciudad que es sinónimo de cultura y diversidad. Las expectativas son altas, pues la competencia aspira a unir a las personas y transmitir un mensaje de apertura. El lema es «Unidos por la música: en el corazón de Europa».

Pero esto es precisamente lo que se está convirtiendo en un desafío cada vez más arduo con el paso de los años, a medida que se intensifican también las crisis políticas en algunos de los países participantes.