Nuestro objetivo: almorzar en Juan Dolio. Habiéndose hecho tarde, mi hijo Alexis compra, para el camino, unos pastelitos de pollo en Solo Pastelitos. Hizo bien.
Son las 12:45. A la salida de la capital encontramos un tapón de 15 minutos. El límpido azul del cielo no hace pensar que kilómetros después un intenso chaparrón haría lentificar la marcha del auto.
“Dame un pastelito, porfa”, pido a Fabiola. Al rato pido otro más. “Ya comí”. Llegados a un restaurante junto a la playa, en Juan Dolio llueve a cántaros. Seguimos hacia otro en un centro comercial. El agua inunda la acera. Imposible de cruzar.














