Migrante, en literatura, no es únicamente quien cruza fronteras físicas. Es también quien transita entre lenguas, culturas, identidades y memorias. Es una figura que encarna el desplazamiento, la búsqueda, el desarraigo y la reinvención. En este sentido, el migrante puede ser tanto un personaje como una voz narrativa, una metáfora viva de la hibridez y del conflicto entre pertenencias.
No estaríamos lejos de esa metáfora si pensáramos en la existencia de una literatura —y unas formas de leer— que nacen desde el movimiento y la migración. Estas formas nos han regalado historias como las de Julia Álvarez, Junot Díaz, Kianny Antigua, Josefina Báez, entre muchos otros. Letras hijas de un movimiento constante de sazones, dolores y realidades que fluyen entre nuestro Caribe y la integración multicultural y cosmopolita del viajero. Por lo que, tras leer a JP Infante, puedo hablar de un viajero afortunado en clara alusión al Fortunate Traveller de Derek Walcott, poeta que entendió el viaje no solo más allá del tránsito físico, sino también como una travesía espiritual, política y estética.














