Mi reciente viaje de cinco días al límite fronterizo con Haití permitió, nueva vez, poner al desnudo las versiones torcidas que siempre dan cuenta de una vida normal aquí, controles del ilegal torrente migratorio, armonía y una vida entretenida.
Dicho y reiterado así, la frontera es, para el grueso de los dominicanos que jamás han llegado hasta estas tierras depauperadas, un «remanso de concordia».
Pero no es así, porque los grupos sociales que habitan en nuestros pueblos fronterizos sufren marginalidad, falta de trabajo y viviendas óptimas, bajo nivel de cultivo de sus tierras fértiles y carestía de servicios elementales para vivir y desarrollarse, así como escasas posibilidades de alcanzar la solución de estos obstáculos.
El recorrido se desarrolló a través de una angosta carretera con muchos atajos, sendas de camino secundarias muy peligrosas, en parte muy inferior a un camino vecinal, con hoyos y lodazales, siempre bordeando peligrosos precipicios.
Mientras nos desplazábamos a través de estos lejanos espacios, las tierras de Haití, casi dándose la mano con los predios dominicanos, se desvanecían al ruedo de la unidad de transporte, desapareciendo de la vista, poco a poco, y disgregando sus partes.














