A veces hay historias interesantes que están frente a tus ojos y no las ves. Con Elisabeth Quezada Arias ha pasado exactamente esto. Al parecer, conocerla desde hace varios años no fue suficiente como para notar que detrás de esa mujer inteligente, sobre todo, en lo que a números se refiere, hay una persona que durmió en el suelo y que bebía agua para disipar el hambre porque tenía que elegir entre comer o caminar largos kilómetros para ir a la universidad.
Este era el precio que pagaba, no sólo por ser pobre, sino por querer estudiar y superarse. En Constanza, su pueblo, no era que vivía a las mil maravillas, pero al menos tenía comida y una cama. “Al llegar a la capital no imaginé que un ser humano podía pasar tanto trabajo”. Recordar esta parte de su vida la pone melancólica. No es sorpresa. Antes de contar su historia se autodefinió como “llorona”.
Elisabeth decidió hablar de su peor época porque le preocupa ver cómo algunos jóvenes “tiran la toalla” por cualquier inconveniente que encuentren en el camino. Ella sabe que venir del campo a la ciudad a buscar un mejor porvenir, no es nada fácil, pero sus ganas de convertirse en una profesional y darle un mejor porvenir a su madre y a su familia, le dieron fuerzas para seguir. “Fueron muchas las noches que me acosté sin comer, y en el piso, porque no tenía cama; con los pies pelados de caminar porque era o una cosa o la otra”. Su voz se quiebra al contar esta parte, pero la satisfacción de lo que ha logrado le gana la partida a las lágrimas.
Sus amigos le pagaron la gr














