Para escribir la historia con responsabilidad se requiere presentar los hechos tal como ocurrieron, hay que apartarse de las pasiones y los prejuicios, el buen historiador debe colocarse dentro del plano de lo imparcial y exponer su análisis en base a las fuerzas que motivan los eventos que narra o las circunstancias que forjan los personajes que dominan el escenario sometido al escrutinio.
Gran parte de mi niñez transcurrió en la ciudad de San Cristóbal, un pueblo que hasta 1930 mantenía aspecto de aldea como los demás del país, pero que fue abiertamente favorecido a su condición de progreso por el régimen dictatorial de un nativo de aquel lugar. En 1954 mi familia se trasladó a esa comarca siendo mi padre cabo del ejército nacional; ya San Cristóbal había experimentado logros en dos décadas que contrastaban con otras ciudades que lucían detenidas en el tiempo. Allí la actividad industrial proveía empleos a miles de dominicanos y centenares de extranjeros en areas que iban desde obreros, técnicos, administradores, maestros, profesionales, artesanos y académicos.
En el campo de la educación, a mi llegada existía el complejo del Instituto Politécnico Loyola, la Escuela de Formación Naval, el Instituto Preparatorio de Menores (reformatorio) y una escuela de música que impresionaba; el hospital Juan Pablo Pina estaba equipado para satisfacer las necesidades de la población, había sucursales bancarias, dos mercados públicos, colegios privados, una casa de empeño o Monte de Piedad, una emisora radial, un hotel de primera, tiendas, almacenes, cines, fondas, restaurantes, en conclusión la ciudad representaba el avance que no tuvo ningún pueblo desde que fue creada la República.
Entre las factorías importantes había en la provincia varios ingenios azucareros, la Industria Nacional del Vidrio, La Armería, la Industria Textil, la Licorera Altagracia, la Hacienda Fundación, en fin, era una ciudad desarrollada que debía su esplendor a las iniciativas de Trujillo. Nuestra primera morada fue una pequeña casa de alquiler en la calle general Leger casi esquina Dr. Brioso; al lado nuestro vivía el comerciante banilejo Luis Guerrero, su esposa Doña Nena y dos hijos. Luego nos mudamos a Villa Valdez en la calle 9 #4 en otra casa de alquiler, allí fueron nuestros vecinos los esposos Porfirio Yen y Juana Seijas con su familia.
Luis Guerrero era persona de poco hablar y su compañera una mujer bondadosa, tenían un almacén al lado del mercado público que competía con la Casa Araujo, uno de los proveedores de mayor pujanza en San Cristóbal para la época. Porfirio Yen era empleado de la Armería y Juana Seijas ama de casa cuya solidaridad era comparable con la madre Teresa de Calcuta, el día que falleció Juana Seijas sentí su partida como si fuera parte de en mi familia. La limpieza de la ciudad era impecable, su diario vivir organizado, era notorio el movimiento económico y vehicular, por su centro cruzaba el transporte hacia la región sur y por las calles se movían con elegancia gran cantidad de coches tirados por caballos, a cuyos carruajes a veces los niños hacíamos travesuras colgándonos en la parte trasera.
Los cocheros para evitar las travesuras le untaban grasa de autos a las barras de hierro; por lo general los coches se alineaban en torno al parque municipal. La entrada más importante tenía un puente que daba a la rotonda alrededor la estatua del generalísimo, derribada cuando la familia Trujillo partió hacia el exilio en 1961; el rio Nigua, que hoy está seco y su orilla con un cinturón de miseria, entonces tenía un cauce que nos permitía bañar, pescar tilapias, camarones, guabinas y dajaos; a veces había que salir huyendo a los vigilantes de las propiedades del jefe.
Bajo aquel progreso, había en San Cristóbal costumbres dignas de recordar; los miércoles, por ejemplo, se verificaba gran movimiento en la actividad comercial, ese día lo habían declarado “día de plaza” y al mercado público llegaban centenares de campesinos con sus productos para la venta. Era grandioso ver frutas de todo tipo, se esparcía el olor a mangos, cajuiles, piñas, jobos, manzanas de oro, abundancia de víveres de toda variedad, carnes, pollos criollos, chivos, puercos, en fin, el miércoles el mercado se convertía en un jolgorio que impulsaba la economía local.
Otra observación que llamaba mi atención era la ubicación de la piscina del hotel San Cristóbal, nunca entendí porque la construyeron fuera del solar donde estaba la estructura del hotel, que por lo regular está donde se levanta el edificio; para usar la piscina los huéspedes tenían que cruzar una amplia avenida, lo que ponía en riesgo la seguridad de los huéspedes, dada la intensidad del flujo en el tránsito que generaba la ruta hacia los pueblos de la zona sur.
Si hacemos una comparación del San Cristóbal de ayer con lo que se observa hoy, esa ciudad se fue convirtiendo en una vergüenza para los políticos que sustituyeron la dictadura y que se hacen llamar demócratas y servidores públicos, han fallado, primero por no haber sido capaces de al menos preservar y mantener la industria y estructuras que encontraron y que bien o mal fue obra de un dictador cuyo afán de poder y acumulación de fortunas no tenía límites.
Existe un contraste entre lo que fue San Cristóbal hasta 1961 y lo que es ahora, la degradación moral es visible, y es culpa de nuestra sociedad, que se sustenta en la falsa aplicación de un sistema de libertades que mutila la posibilidad de que su gente viva con dignidad y que San Cristóbal sea feliz en términos colectivos.















