Versionar al premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, pudiera parecer fácil, dada la forma llana, sencilla y las imágenes visuales que recrea en cada una de sus obras.

Sin embargo, esto también puede ser un arma de doble filo: plasmar las estampas pueblerinas, decadentes, desoladas y, casi siempre al amparo de un bochornoso verano, salvo en los casos de las licencias creativas que se permitan productores y directores, la tarea puede resultar cuesta arriba.

Recientemente acudimos a la sala Manuel Rueda, de las Escuelas de Bellas Artes a presenciar la puesta en escena de “El coronel no tiene quien le escriba”, una de las obras insignes del escritor colombiano y nos encontramos, primero con un ambiente minimalista, muy a propósito, porque de eso se trataba, el reflejo de la pobreza de solemnidad en la que se encontraban El Coronel y su anciana esposa.

La esperanza de recibir su pensión por los servicios brindados a la patria, esa pensión que nunca llegó; ver cómo mermaban los pírricos recursos que le quedaban, teniendo que destinarlos a la alimentación de un gallo de pelea, herencia “maldita” del hijo asesinado, convierten este texto en un drama que gira en t