Allí donde hoy se extienden viñedos, hace 16 millones de años, en el Penedès, una comarca de Cataluña, en España, había bosques de ribera subtropicales donde vivía el Ampelomeryx ginsburgi, un rumiante de tamaño medio con el aspecto de un ciervo robusto. Su rasgo más distintivo eran unas estructuras óseas en el cráneo: dos cuernos óseos triangulares y planos situados sobre los ojos, y una estructura en forma de “Y” en la parte posterior del cráneo, formada por el hueso occipital. Estas proyecciones eran fijas y le daban un aspecto muy singular entre el resto de rumiantes del Mioceno.

A pesar de estar emparentado con las jirafas actuales, adaptadas a grandes espacios abiertos, este animal se movía en paisajes pantanosos, cerca de lagos, donde la abundancia de vegetación le proporcionaba alimento y refugio.

Millones de años después, los restos de este animal se están desenterrando en el yacimiento paleontológico de Els Casots, ubicado en la localidad catalana de Subirats. Se considera a ese yacimiento uno de los del Mioceno más importantes en toda Europa.

Allí, un equipo del Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont (ICP), que es una de las instituciones CERCA de la Generalitat de Cataluña, ha ido más allá de la reconstrucción de su aspecto externo y ha estudiado el crecimiento del animal.