Los avances de la tecnología han creado grandes beneficios y certeros resultados para la humanidad. No podemos negar el desarrollo de los algoritmos, la generación digital de data y los grandes avances para la ciencia, la educación, la ingeniería, las ciencias aplicadas, la salud y las artes, los cuales reflejan la relevancia y, quizás, la necesidad de la inteligencia artificial (IA).
En medicina, la evolución en las cirugías usando la robótica para casos complejos, con procesos menos invasivos, que permiten que el paciente sea tratado ambulatoriamente o a distancia, son solo algunas ventajas de estas innovaciones. Sin embargo, parecido a lo que sucede con las criptomonedas, desde el punto de vista legal y ético, hay desafíos.
Yuval Noah Harari, historiador israelí, considera que “toda persona responsable del diseño de una tecnología debe cuestionarse cómo entiende a los humanos y la relación que estos tienen con las herramientas que se van a crear… La tecnología estará llamada a liberar a la gente y expandir el potencial humano”.
En el plano del Derecho, una de las preocupaciones es la falta de regulación, el aspecto ético de la tecnología y sus productos en temas como la seguridad, privacidad, responsabilidad civil o penal, junto a la inmediatez y rapidez de los avances tecnológicos. Una sociedad que debe proteger a sus ciudadanos enfrenta lo actual e inmediato de la tecnología, que no siempre coincide en tiempo y espacio con las normas escritas. Esto presenta un retraso en cuanto a temas relacionados con la IA.
En casos como los de los taxis no tripulados, fomentados por empresas como Google y General Motors, queda pendiente determinar quién es el responsable si se produce un accidente. ¿Quién es el conductor? ¿Sería la empresa? ¿El fabricante? ¿El operador? ¿El desarrollador? En la medicina ha habido una revolución que permite que funciones cognitivas puedan ser procesadas a través de softwares que, en algunos casos, sustituyen el intelecto humano.














