El cine de Sam Peckinpah duele e hipnotiza. Atraviesa e impacta. Conmueve y quema. Su obra, legendaria como ese nombre de cowboy que lo ha perdido todo y, por lo tanto, no tiene más opción que ganar, está repleta de títulos que convierten la pantalla en un cristal desafiante y poderoso, una fuente de reflejos que escupen sangre, sudor, lágrimas, venganza y dignidad.

Muchos de los personajes que aparecen en sus obras capitales, casi siempre representando a lobos solitarios, crueles y encantadores, venenosos y quebrados, son parte de la historia de un séptimo arte que encontró en él una mirada única de violencia y verso. Las películas de Peckinpah, además de verse, se huelen, se tocan, se sufren y se devoran.