Hace poco el hijo de una amiga se fue a un gran país extranjero a realizar unas prácticas de verano. Me lo contaba con un gran (y justificado) orgullo, pero lamentaba los complicados trámites burocráticos necesarios para poder viajar y el incómodo trance de cruzar la frontera propiamente.

Sin restar ni un ápice de razón a su argumento, pensé en que, si para el hijo de mi amiga era difícil solucionar todos esos trámites, cómo será la situación y las vallas (no solo físicas), a las que se tienen que enfrentar las personas migrantes y solicitantes de asilo.

Es cierto que la migración siempre ha existido, que siempre han sido viajes largos y penosos, pero en los últimos años esto se ha agravado enormemente, creándose una de las grandes crisis a las que nos enfrentamos como sociedad.