Pollo con patata, ensalada de zanahoria con repollo, sandía. Puede parecer un menú «detox», pero se trata de un almuerzo en una cantina escolar de Rio de Janeiro, decidido a combatir el exceso de peso que afecta a uno de cada tres niños brasileños.
«¿Torta? ¡Aquí nada de torta!», dice divertida la cocinera Neide Oliveira mientras pica cebolla para los 650 alumnos de la escuela municipal Burle Marx, del barrio occidental de Curicica. Tampoco habrá galletas ni pan con aditivos a la hora del tentempié: los alimentos ultraprocesados fueron prohibidos este año por la alcaldía.
En cambio, los estudiantes descubren frutas y hortalizas típicas de Brasil, pero olvidadas en la cocina diaria, como el ñame, el quingombó o el sabroso caqui, que muchos confundieron al principio con un tomate, explican en la escuela.
A juzgar por el apetito con que devoran sus platos en el comedor de hileras de mesas y sillas azules, la apuesta es un éxito. Y muchos dan fe: «Aquí todo me gusta y es bueno para mi salud. En casa, como mucha porquería, como pizza y hamburguesas», admite Guilherme, de 15 años.














