En principio, mi objetivo es almorzar en un restaurante que funciona en una antigua ferretería de Madrid, de la cual conserva su montaje. Está en la calle Atocha 57. Tras bajar del taxi echo un vistazo en derredor. ‘Míralo allí’, digo a Alexis.

En letra grande dice ‘Ferretería’. Tan pronto entramos veo alicates, tornillos y otros artículos adosados al exterior de gavetas. ¡Uao! El salón a la entrada está lleno. Solo hay libre una mesita alta con dos taburetes sin espaldar. ‘Es muy incómodo para mí’, comento a la camarera. No hay más lugar, porque el otro salón, el del restaurante, ‘está reservado todo para una actividad’, explica.

¡A buscar donde comer! Por la acera miramos cada bar, cada café, cada restaurante. Ninguno me apetece. De repente un hombre de aspecto simple y con un bastón se nos acerca y pregunta: ‘¿Buscan dónde comer? Vayan a La Sanabresa en la calle Amor de Dios. Es mejor que todo lo que hay por aquí’.

Le hacemos caso, pero nos despistamos y doblamos en la primera calle en vez de en la segunda. En una tienda de licores y bebidas me acerco a preguntar por La Sanabresa. La encargada sale