El cine contemporáneo lleva años intentando encontrar su propio lenguaje para hablar del abuso, el consentimiento y el poder. Desde el estallido del movimiento #MeToo, la pantalla se ha convertido en un espejo tenso donde los códigos narrativos tradicionales se resquebrajan. Películas que antes parecían cómodas ahora son revisadas con mirada crítica, mientras los nuevos relatos se esfuerzan por representar la complejidad del deseo, la manipulación y la culpa sin caer en el panfleto ni en la ambigüedad cómplice. Pero ese equilibrio resulta difícil y no todos los cineastas consiguen sostenerlo. La frontera entre la reflexión y la confusión moral sigue siendo difusa.