Por mucho tiempo lo llamaron el malo, el enemigo, el que no sabe divertirse. Sin embargo, el Capitán Garfio —sí, ese de abrigo rojo impecable y mirada fulminante— está cansado de que lo encasillen. Porque detrás del garfio afilado y las amenazas teatrales, hay un hombre con emociones profundas, un armario de diseñador y una sed de venganza tan elegante como su bigote perfectamente peinado.

Todo comenzó con una mano. O más bien, con la ausencia de ella. Peter Pan, ese niño eternamente insoportable con cara de “yo no fui”, le cortó la izquierda y la lanzó como snack para un cocodrilo hambriento.

Y desde entonces, cada tic-tac