CIUDAD NEZAHUALCÓYOTL, México (AP) — El año pasado, la familia Hernández Pacheco comenzó a notar que varios haitianos llegaban a un apartamento frente a su clínica en las afueras de Ciudad de México.

Su oficina de dos pisos, de color verde menta, se encuentra en una pequeña calle de Ciudad Nezahualcóyotl, una localidad de clase trabajadora. Los haitianos sobresalían entre los vendedores de tamales y los comerciantes ambulantes, sentados al sol para calentarse en el aire helado, consecuencia de la elevada altitud de la ciudad.

Un día, la doctora Sarahí Hernández Pacheco, que habla francés, se acercó a un chico haitiano de 15 años que a menudo parecía triste y aburrido. “Tengo dos sobrinos, ¿quieres jugar con ellos?”, le preguntó.