Al surgir un nuevo gobierno en agosto del 2020, la sociedad dominicana se encontraba bajo el hechizo de la ilusión. Tenía grandes esperanzas cifradas en el cambio prometido.

Sin embargo, la situación nacional, como la mundial, era de crisis. Todavía no se había descubierto la vacuna que se utilizaría para combatir el Covid-19, y debido al confinamiento global, la economía había colapsado.

Ante una situación tan dramática, predominó un ambiente de unidad nacional para hacer frente a la gravedad de la crisis sanitaria, económica y social. En el ámbito político, se produjo una especie de tregua, o una prolongación de la luna de miel.

Se entendía que era imprescindible orientar a todos los sectores del país en la visión estratégica de marchar en la misma dirección a los fines de superar la más grave crisis ocurrida, a nivel mundial, en un siglo.

Para salir de la recesión causada por la pandemia, los bancos centrales de todas partes del mundo hicieron cuantiosas emisiones monetarias, lo que permitió la expansión del gasto público, y por lo tanto, la reactivación del crecimiento económico.

Esa reactivación económica global ha permitido que los componentes del sector externo de la economía dominicana hayan tenido un notable desempeño. Es el caso de las remesas, el turismo y las zonas francas.

No ha ocurrido lo mismo, empero, con el sector productivo nacional, como lo prueban los casos de la agropecuaria y la manufactura local, los cuales han tenido, en términos relativos, un bajo desempeño en sus aportes al producto interno bruto.

En todo caso, como resultado de la expansión del gasto público, tanto al nivel global como nacional, se ha desatado, de manera inadvertida, un nivel de inflación que no se había visto durante los últimos 40 años.

Ese incremento en los precios de los productos de la canasta básica familiar, junto con un aumento de la violencia y de la criminalidad, así como de la falta de empleos, ha ido provocando una situación de insatisfacción y malestar en distintos estratos del pueblo dominicano.

Promesas incumplidas

En el estado de ánimo o atmósfera de conferirle prioridad al interés nacional, por encima de los partidistas o particulares, el gobierno perdió la perspectiva de la profundidad de la crisis en que se encontraba el país y se lanzó, innecesariamente, a ofrecer la construcción de obras de infraestructura en todo el territorio nacional.

Parecía no comprender sus límites o su capacidad para emprender y ejecutar dichos proyectos. Empezó por la carretera del Ámbar, entre Santiago y Puerto Plata. Inmediatamente, el polo turístico de Pedernales, la circunvalación de Navarrete, la de San Francisco de Macorís, así como la de Azua y Baní.

Al cabo de dos años, nada. Ninguna de esas obras ha podido avanzar y no resulta claro cuál será su porvenir. Lo mismo ha ocurrido con las extensiones de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

En principio, de manera injusta y atropellante, hasta se