A finales de la década de 1970, el mundo de la tecnología y la música estaba a punto de experimentar una metamorfosis radical. Los surcos analógicos de los discos de vinilo y las cintas magnéticas de los casetes habían dominado el mercado durante décadas, pero ambos compartían un enemigo común: el desgaste físico. La solución llegó vestida de policarbonato, aluminio y luz láser. El nacimiento del disco compacto (CD) no solo redefinió la industria musical, sino que sentó las bases de la era del almacenamiento óptico masivo.
El nacimiento de una alianza histórica: Philips y Sony
A mediados de los años 70, la compañía holandesa Philips y la japonesa Sony trabajaban de forma independiente en sistemas de audio digital de alta fidelidad. Philips poseía una tecnología avanzada en el desarrollo de discos ópticos basados en el formato LaserVision, mientras que Sony era líder en el procesamiento de señales digitales y corrección de errores.
En lugar de enzarzarse en una guerra de formatos destructiva (como la que ocurrió entre el Betamax y el VHS), ambas compañías tomaron una decisión histórica en 1979: unir fuerzas. Crearon un grupo de trabajo conjunto de ingenieros que dio vida al Red Book (Libro Rojo), el documento de especificaciones técnicas que estandarizó el CD de audio.
La curiosa medida de los 74 minutos
Existe una famosa leyenda urbana, confirmada en gran parte por sus protagonistas, sobre el diámetro original del CD. Inicialmente, Philips propuso un disco de 11,5 centímetros. Sin embargo, el vicepresidente de Sony en aquel momento, Norio Ohga, insistió en que el disco debía ser capaz de contener la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven completa sin interrupciones.
La grabación más larga registrada en los archivos de la discográfica PolyGram (propiedad de Philips) era la dirigida por Wilhelm Furtwängler en 1951, que duraba exactamente 74 minutos. Para albergar esa cantidad de datos digitales, el diámetro del disco se aumentó a 12 centímetros, la medida estándar que conocemos hoy.














