La migración es una historia de resiliencia y esperanza. Los hechos lo demuestran con claridad: la migración ha sido y sigue siendo uno de los motores más poderosos del progreso humano. Impulsa el crecimiento económico, fortalece a las comunidades y promueve la resiliencia de los países de origen, de tránsito y de destino. Las remesas internacionales hacia los países de ingresos bajos y medianos, que según las previsiones habrían alcanzado la cifra récord de 685.000 millones de dólares EE.UU. en 2024, son vitales para millones de familias y comunidades, y para muchos países representan una parte importante del PIB. La contribución de los migrantes al fortalecimiento de competencias y la reducción de la escasez de mano de obra en los países con una población en declive está bien documentada. En todo el mundo, los migrantes tienen una fuerte presencia en ámbitos como la innovación y las patentes, las empresas emergentes, las empresas exitosas, el arte y la ciencia, y son una fuente de dinamismo en los países de destino.

Ese nexo dinámico entre la migración y el desarrollo se reconoce en la Agenda 2030 y en sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), así como en el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular y en los exámenes mundiales de carácter cuatrienal en él contemplados, el próximo de los cuales tendrá lugar en 2026. Además, se ha vuelto a aludir a dicho nexo en numerosas ocasiones, más recientemente en la declaración política de la Cumbre sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2023, en el Pacto por el Futuro y en el Compromiso de Sevilla —el documento final de la cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo—, donde se destacan las oportunidades económicas que brinda la migración.