“Ese día yo quería que mi hermana me ayudara con una tarea. Cantando, como si nada estuviera pasando, entré a la habitacioncita de nosotras dos, y…”. El llanto la ahoga y los movimientos de sus manos (se las agarra y las suelta), dejan claro que es un tema no superado.
Hace un gran esfuerzo para retomar la conversación. A duras penas lo logra. “Cuando me asomé a la puerta, que vi esa escena: mi propio papá abusando de mi hermana, y ella llorando…”. Se limpia las lágrimas y se arma de valor para desahogarse. “Bajé a negro, no lo podía creer. Era algo demasiado grande para mí, que sólo tenía 13 años”. Respira y se toma un trago de agua de la botellita que le acompañaba. Su hermana tenía 16 años para entonces.
Como 10 minutos después de su silencio, habla con un nudo en la garganta que a veces ni se le entendía lo que decía. Había que descifrar su discurso. “Como a las dos horas de eso, ella me encontró llorando cerca de un arroyito que estaba no tan cerca de la casa. Ella también estaba dando gritos. Me abrazó y me dijo: ‘vámonos, no mires para ningún lado’. Le dije que no podíamos hacerle eso a mami, y me contestó que después me explicaba todo”. Se marcharon al caer la tarde con rumbo desconocido.
“Se nos gastaron los pies”
La dueña de esta desgarradora historia y su hermana, caminaron sin rumbo hasta que llegaron al pueblo. Habían nacido y crecido en un campo de la región sur. No les importó lo lejos que estaban de lo que ella llama “la civilización”. “Cada vez se ponía más oscuro, y el miedo nos estaba acabando. Se paraban vehículos a darnos bola y no nos montábamos, decíamos que íbamos cerca”. Sus lágrimas van corriendo por su rostro y va empañando su lindo maquillaje. Ah, de eso, vivió por un buen tiempo. Pero lo contará más adelante.














