En su primer día en el cargo, el presidente Joe Biden detuvo casi todas las deportaciones. Prometió finalizar las duras prácticas del gobierno de Donald Trump, mostrar compasión hacia quienes desearan venir a Estados Unidos y asegurar la frontera sur.

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Para Biden, era una cuestión de principios. Quería mostrar al mundo que Estados Unidos era una nación compasiva y al mismo tiempo demostrarles a sus conciudadanos que el gobierno podía volver a funcionar.

Sin embargo, esas primeras promesas en su mayor parte han quedado de lado debido al caos que envuelve la frontera y pone en peligro las esperanzas de reelección de Biden. La cantidad de personas que cruzan a Estados Unidos ha alcanzado niveles históricos, más del doble que en los años de Trump. El sistema de asilo en esencia sigue sin servir.

El viernes, en un giro dramático respecto de aquellos primeros días, el presidente le imploró al Congreso que le concediera el poder para cerrar la frontera para poder contener una de las olas más grandes de migración descontrolada en la historia de Estados Unidos.

“Si me dieran esa autoridad”, dijo Biden en un comunicado, “la usaría el día que aprobara el proyecto de ley”.

Algunas de las circunstancias que han creado la crisis están fuera del control de Biden, como el colapso de Venezuela, un aumento de la migración en todo el mundo y la obstinación de los republicanos, que han tratado de frustrar sus intentos de abordar los problemas. Estos se negaron a otorgar recursos, bloquearon las iniciativas para actualizar las leyes y desafiaron abiertamente a las autoridades federales a cargo de mantener la seguridad y el orden a lo largo de los 3200 kilómetros de frontera.