El planeta rojo siempre ha sido el gran sueño de la exploración espacial, pero la realidad en su superficie es brutal. Si hoy mismo dejáramos caer a un grupo de astronautas en el suelo marciano con trajes espaciales estándar, la radiación cósmica, las temperaturas de -60 grados C y la atmósfera casi inexistente recortarían drásticamente su esperanza de vida.
Por eso, la ciencia ha dejado de mirar al cielo de Marte y ha empezado a mirar bajo sus pies. La gran pregunta que se hacen las agencias espaciales ya no es si viajaremos, sino si podríamos sobrevivir hoy en una base subterránea en Marte. La respuesta corta es que tecnológicamente estamos rozando el milagro, pero biológicamente seguimos jugando a la ruleta rusa.
El escudo definitivo: ¿Por qué bajo tierra?
La superficie de Marte es un desierto hostil bombardeado por radiación ionizante y rayos cósmicos galácticos. Al carecer de un campo magnético global y tener una atmósfera que es apenas el 1% de la densa capa terrestre, el planeta está indefenso.
Excavar o colonizar los tubos de lava (túneles volcánicos naturales colosales que ya han sido detectados por satélites) solucionaría de golpe tres de los mayores problemas del viaje interplanetario:
-Protección radiológica: Unos pocos metros de regolito marciano (la roca y polvo del suelo) actúan como un búnker perfecto contra la radiación letal.
-Estabilidad térmica: Mientras que en la superficie las temperaturas oscilan salvajemente, en el subsuelo se mantienen constantes, facilitando enormemente la climatización.
-Defensa contra micrometeoritos: La roca sólida elimina el riesgo de que una pequeña piedra espacial perfore el hábitat y cause una descompresión explosiva.














