Entre mediados del siglo XIX y principios del XX más de 40 millones de personas emigraron desde Europa hacia América y Australia. Por sí solo, Estados Unidos recibió más de un 60% de esa migración cuyo principal motor fue, naturalmente, la mejor condición de vida que prometía el país huésped en relación a la realidad que dejaban atrás las personas que se aventuraban a probar suerte en otros continentes.

En la mayoría de los casos, el país de origen del migrante tenía una mayor densidad poblacional que el país huésped, así como un menor salario y más desempleo. Por tanto, la migración que tomó lugar en ese contexto sucedió, en un sentido, por osmosis, dado que el flujo de personas fue desde áreas de alta presión poblacional hacia áreas de menor ocupación demográfica.

Como resultado, muchos de los países europeos que enviaron migrantes – en su mayoría de la clase obrera – hacia otras partes del mundo en el periodo histórico en cuestión, terminaron industrializándose. Es decir, que, al privarse de una gran parte de su clase obrera, países como Suecia se vieron compelidos a transformar sus economías hacia un modelo intensivo en capital y no primordialmente en mano de obra. Esto, a su vez, se tradujo en una convergencia de los salarios y de la tasa de desempleo entre la región exportadora de mano de obra (Europa) y la región importadora de la misma (América y Australia).

Pasando la página a la actualidad en lo que respecta a la dinámica migratoria de la República Dominicana, vemos que sobre el 15% de nuestra población reside en el exterior. Al igual que los europeos que migraron desde su continente hacia el resto del mundo, los migrantes dominicanos son, en su gran mayoría, de la clase trabajadora. Por tanto, República Dominicana, a través de los últimos sesenta años, ha sido privada de una parte significativa de su mano de obra. Este fenómeno, en principio, debió haberse traducido en el desarrollo de un mayor nivel de industrialización en el país como el que experimentaron los suecos ante la gran emigración de sus nacionales hacia Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX.

Ahora, ¿por qué no se ha materializado ese patrón de industrialización en nuestro país? En parte, ese efecto no ha tomado lugar aquí porque a diferencia de Suecia que reemplazó con maquinaria a la mano de obra nacional que emigró a tierras foráneas, República Dominicana ha sustituido lo propio, no con maquinaria, sino con mano de obra haitiana, la cual, generalmente, se desempeña de manera irregular.

También, cabe señalar, que la mano de obra nacional que ha sido sustituida por la haitiana bajo estatus de ilegalidad no ha sido solo la que ha emigrado a playas extranjeras, sino también la que ha emigrado a lo interno del país, yéndose del campo a la ciudad a un ritmo que ha comprometido la calidad de vida tanto del citadino como del campesino. Fruto de esa migración interna, el campo, por un lado, ha sido desolado al punto del abandono, y las ciudades, por el otro, han sido saturadas con más gente por cuadra de la que pueden manejar nuestras urbes improvisadas y mediocremente administradas.

El empresariado, por su parte, se ha hecho el loco, y, a través de las décadas, ha estado contratando mano de obra ilegal en detrimento tanto del obrero dominicano particular como de la industrialización y modernización de la economía nacional en sentido general. Esta política empresarial ejecutada por entes a través del espectro – los grandes, medianos, pequeños y microempresarios – veja al obrero dominicano no solo en el sentido de que un extranjero está compitiendo por un puesto de trabajo per se, sino en que lo está haciendo al margen de lo que demanda y exige la ley. Por tanto, se hace muy difícil – por no decir imposible – que un obrero dominicano compita con un haitiano en la indus