Todos conocemos la existencia de placas solares térmicas, para calentar agua que luego utilizaremos bien para poder ducharnos o para la calefacción. Y los paneles fotovoltaicos que generan electricidad, bien para usarla directamente o almacenarla en baterías para consumo propio, cediendo el exceso a la red eléctrica para que nos lo compensen en la factura de la luz.
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No obstante, desde hace unos años también existe un tipo de placas que combinan electricidad y agua; y otras que producen electricidad y al mismo tiempo hacen circular aire por su interior, para climatizar la vivienda mediante un conducto. Este último sistema funciona como un aire acondicionado, con aporte de aire renovado del exterior.
La unión de las dos funciones, tanto térmica de agua con fotovoltaica, como térmica de aire y fotovoltaica, parece obvia. Y sería lógico haberlas lanzado al mercado casi al mismo tiempo que sus dos funciones por separado. No obstante, hemos tenido que esperar más de 20 años para que alguien soñara con ello, lo diseñara y lo hiciera realidad. Ahora estas placas están disponibles, e incluso ya hay muchas instalaciones funcionando. Estas placas son conocidas como “paneles solares híbridos”.
Panel solar híbrido Calefacción-Fotovoltaico
El funcionamiento de este sistema se basa en la necesidad de mantener la temperatura baja en las placas fotovoltaicas. Estas pierden rendimiento cuando se calientan y por ello disminuyen la producción eléctrica. Ante este problema surgió la idea de refrescarlos y al mismo tiempo aprovechar ese calor para transmitirlo al agua que podemos usar en la calefacción.
Además, debemos tener en cuenta que los paneles solares fotovoltaicos normales solamente aprovechan el 15% de toda la irradiación solar que reciben. Un 5% de esta es reflejado y el 80% restante se pierde en la cara frontal y posterior del panel. La peculiaridad de un panel híbrido es que aprovecha alrededor de un 40% de la pérdida de calor de la cara posterior.
Las placas solares híbridas están compuestas por un vidrio solar que hace la función de protección; un panel de celdas fotovoltaicas de silicio que generan electricidad gracias a la luz solar que reciben; una lámina de cobre como base recolectora del calor; y un serpentín de cobre detrás de esta por el que circulará el fluido caloportador o glicol. Para soportar el serpentín se dispone otra lámina de cobre, y debajo un aislante, que ayudará a mantener el calor dentro de la estructura. Así se aprovecha al máximo el calor acumulado para transferirlo al fluido.
Todo ello está contenido en una carcasa que generalmente es de aluminio, cuya función es la de proteger todos los componentes internos y a la vez la de aportar consistencia para su instalación y durante su vida útil.














